Fiodor Dostoyevski
Biblioteca Edaf
ISBN: 84-7640-509-X
Año de esta edición: 2004
Páginas: 805
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RESEÑA
Llegar al final del camino y en tu última obra dejar una obra maestra que además, resume tu vida y tus obsesiones. Eso es justamente lo que hizo Dostoyevski cuando escribió Los hermanos Karamazov.
Tuvo un padre tirano al que asesinó su propia servidumbre, padeció ataques de epilepsia, pasó por la cárcel y vio morir hijos suyos. Tras una visita a un monasterio en la provincia de Tula surge la idea definitiva.
La novela narra las relaciones entre un hombre despreciable, sus tres hijos – cada uno de ellos es un mundo apasionante de conocer –, otro hijo bastardo y dos mujeres, con todas las pasiones siempre a flor de piel.
Conseguir que Virginia Woolf dijera que Aparte de Shakespeare, no hay lectura más emocionante que Dostoyevski, que Einstein declarara Aprendí más de Dostoyevski que de cualquier otro pensador científico o que Freud la calificara como La más magnífica novela jamás escrita no debe ser fácil.
¿Cómo se consigue aunar todo eso? ¿Cómo lo hizo? El mayor elogio que se puede hacer de este libro es concluir que representa uno de los mejores intentos de la cultura occidental por analizar el alma y el comportamiento humanos, desde un punto de vista ético y religioso. ¿Es válido o no lo es, en determinadas circunstancias, matar? Sin embargo, al autor solo le servía de preámbulo: el núcleo verdadero estaría en una segunda parte que no llegó a escribir, en la que Alexei, el hermano menor, se convertía en un revolucionario. La muerte se lo impidió a Dostoyevski, y aunque para entonces su fama ya era mundial, sobrecoge pensar en lo que nos hemos perdido.
Se publicó – como otras de sus novelas – de forma seriada por la revista El mensajero ruso. Fue llevada al cine en 1958 por Richard Brooks en un film en el que destacan sobre todos los demás Yul Brynner y María Shell, en sus papeles de Dimitri – el hermano mayor – y Grushenka, a quien desean padre e hijo.
«Si no tuviese ya fe en la vida, si dudase de la mujer amada, del orden universal, y estuviese persuadido, por el contrario, de que todo no es más que un caos infernal y maldito, y fuese yo presa de los horrores de la desilusión, incluso entonces querría vivir» (Iván Karamazov).
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SINOPSIS
El borrachín y libertino Fiodor Pavlovich Karamazov reúne por primera vez a sus tres hijos – fruto de 2 matrimonios – en un monasterio para, con la mediación del starets o guía espiritual Zósimo, dilucidar y llevar a buen puerto temas de herencia. La reunión acaba en un sonoro fracaso.
Los tres hijos, todos veinteañeros, constituyen el eje de la novela. Dimitri es bravucón pero noble. Con su padre no solo tiene líos económicos, sino también sentimentales. Iván, el más cuidado de la novela, es el intermedio. Ateo, introvertido, racionalista, protagoniza los diálogos más interesantes. Alexei, el pequeño, es en cambio un alma sencilla, desprovista de manera natural de toda maldad. También hay un hijo bastardo, Smerdiakov, que sufre ataques de epilepsia.
El padre es asesinado y sobre Dimitri caen las mayores sospechas. Él ya había amenazado con que podría hacerlo. Pero no es el único de la familia que deseaba su muerte.
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BIOGRAFÍA
Nació en 1821 en Moscú, hijo de un médico militar de carácter despótico y violento. Su madre muere de tuberculosis cuando él contaba dieciséis años, y dos después lo haría el padre, asesinado por sus propios siervos.
A la muerte de su madre la familia se dispersó y él ingresa en la Escuela de Ingenieros Militares de San Petersburgo; a esa edad ya lee ávidamente a Balzac, Schiller, Pushkhin, Gógol, y pronto empieza a escribir. Pobres gentes supone su primera y exitosa novela. A ella le sigue ‘El doble’, de menos nivel.
Comienza a frecuentar círculos disidentes del régimen zarista que persiguen avances en la sociedad – emancipación de campesinos, libertad de prensa… – y es detenido y acusado, junto a otros, de conspirar. Pasa varios meses recluido y finalmente es condenado a muerte por un tribunal militar, pero en el ultimísimo instante le conmutan la pena por trabajos forzados en Siberia. Esos recuerdos le servirían para escribir Memorias de la casa muerta. La experiencia de rozar la muerte cambia su pensamiento para siempre.
El presidio no fue la única contrariedad de una vida marcada por la fatalidad: sufría ataques epilépticos y padecía adicción al juego. Esto último hizo que muchas veces trabajara con demasiada celeridad, para zanjar deudas.
En sus mejores obras se adivinan dos arquetipos de personajes fundamentales: por un lado la bondad suprema, rozando con la inocencia casi religiosa, que representa a la perfección Alexei Karamazov, pero también el príncipe Mishkin en El idiota. Por el otro, el hombre que toma decisiones, que se enfrenta al dilema de si el fin justifica los medios, encarnado en el Raskólnikov de Crimen y Castigo y también en el nihilista, frío, calculador, Iván Karamazov.
Además de las ya mencionadas aquí, destacan El jugador, Los endemoniados, El eterno marido, El adolescente, Noches blancas y Humillados y ofendidos.
Dostoyevski tuvo sobre todo admiradores, entre los que destacan Nietzsche, Freud, Ortega y Gasset, Virginia Woolf y hasta Einstein, pero también detractores, como Nabokov y alguno más, que quizá no supieron ver tanta profundidad del alma.
Su huella se percibe en decenas de escritores: Camus, Sabato, Hemingway… y hasta en Kafka. Pero quizá el mayor piropo se lo tiró el Nobel Orhan Pamuk cuando dijo que leerle es como descubrir el amor o ver el mar por primera vez, es perder la inocencia ante la vida.
Junto a Tolstoi – igualmente obsesionado con el bien y el mal – y quizá Chéjov – más centrado en el relato y el teatro, pero de una creatividad y sensibilidad sublimes –, es el más reconocido narrador de esa generación rusa del siglo XIX de tan obligada lectura para cualquier adolescente. Pushkhin, Gógol o Turguéniev y algunos otros también alcanzaron la fama, pero su mensaje no llega tanto a día de hoy.
En sus últimos años, lo que había sido un socialismo utópico se convirtió en un sentimiento más puro, relacionado con la necesidad de un giro radical en nuestra moral.
Murió en San Petersburgo en 1881 a la edad de 59 años. Dicen que su funeral fue apoteósico, con decenas de miles de personas rodeando el féretro del genio fallecido, ya convertido en leyenda.


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